
Este documento describe con minuciosidad casi obsesiva la inspección de una obra conventual, donde cada elemento —el clavo, el brocal, el arco, la portada— es revisado, aprobado y vuelto a mencionar como si la estabilidad del edificio dependiera de esa repetición ritual. Figuran nombres como don Jorge, don Luis López y Francisco Villaseñor, responsables de supervisar y certificar que todo estuviera “bien puesto”, desde la portería hasta el canal central. El texto refleja un modo de administrar propio de la época: detallado, formal y profundamente jerárquico, donde el gobernador, el obispo y el superintendente intervenían para validar incluso los aspectos más técnicos. La insistencia en que cada pieza está “en el centro” y “carga bien” sugiere un afán por dejar constancia escrita de la perfección del trabajo, quizá para evitar disputas futuras o demostrar diligencia ante la autoridad. Al final, el manuscrito se convierte en un testimonio del rigor administrativo y del valor simbólico que tenían estas construcciones religiosas, cuya solidez física debía reflejar también la solidez moral e institucional de la comunidad que las sostenía.