Legajo 20

 

Este manuscrito, saturado de repeticiones en torno al poder, la comisión y la figura esquiva de don Diego, parece pertenecer a un expediente en el que se discute la validez de una autorización otorgada —o cuestionada— ante testigos. El escribano, que se identifica como “ordinario”, insiste en que estuvo presente “ante mí uno de los testigos”, fórmula que buscaba blindar la legitimidad del acto. La escritura, ondulante y casi obsesiva, vuelve una y otra vez sobre la idea de que el poder fue visto, otorgado, reiterado, trasladado, como si el documento intentara fijar algo que en la práctica había sido ambiguo o disputado. Entre los trazos se adivina una tensión: ¿quién tenía realmente la autoridad?, ¿quién debía responder por lo actuado?, ¿qué papel jugaba ese don Diego que aparece y desaparece entre líneas? Aunque el contenido literal se diluye, el espíritu del texto es claro: un intento de ordenar un conflicto administrativo donde la palabra escrita debía resolver lo que la memoria y la confianza ya no podían sostener.

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