Este documento, marcado con el Sello Cuarto y tasado en diez maravedís, fechado en 1685, funciona como la puerta de entrada a un expediente oficial cuyo contenido hoy apenas podemos adivinar. El sello fiscal, más visible que el propio texto, recuerda que en la administración de la época ningún acto jurídico podía existir sin su correspondiente impuesto, y que la validez de un escrito comenzaba por su timbre. Aunque la tinta del cuerpo del documento se ha desvanecido casi por completo, la presencia del sello y la fecha nos sitúan en un mundo donde cada papel era un objeto valioso, custodiado y registrado con rigor. Este fragmento, silencioso y casi vacío, conserva sin embargo la huella de una burocracia que organizaba la vida cotidiana a golpe de maravedís y rúbricas, y que convertía cada hoja en un testigo de su tiempo.

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