De los Navales al mercadillo y … luego la exclaustración.

En septiembre de 1655, dentro del convento de Nuestra Señora de la Merced, en su celda, el Padre Presentado Fray Bartolomé de Valencia tenía ante sí la responsabilidad de registrar para el archivo de la provincia la memoria viva de aquella casa. Su caligrafía, una apretada y elegante letra procesal barroca, comenzó a trazar los anales de una fundación que se negaba a que fueran borrados por el paso del tiempo.

Escribió sobre los inicios, allá por 1522, cuando el complejo no era más que la humilde Ermita de San Jorge, situada en el camino de Málaga, justo por encima de las huertas de los Navales. Recordó el fervor de los primeros ermitaños y la piedad del noble fundador y patrono, Pedro Martín de la Mata, quien plantó aquella primera semilla en la periferia de la ciudad, dotando con presteza la ermita con sus primeros ornamentos y sagrados altares.
Rememoró cómo, más tarde, en 1551, la comunidad recibió la orden civil decretada por el Ayuntamiento y el Corregidor de Ronda de trasladarse a lo alto del barrio del Mercadillo. Para este traslado fueron cruciales los solares de labranza donados por los herederos de la noble familia Sanagudea, a quienes el habla popular de la época rebautizó como “los hijos de Santa Gudea”.
Aquel nuevo emplazamiento era un terreno puramente rústico en el que no existía templo ni santuario previo, solo una viña, algunas higueras y un pozo muy ancho. Por ello, los frailes se vieron obligados a desmantelar por completo la vieja Ermita de San Jorge en los Navales para mudar a cuestas todo el ajuar litúrgico que habían acumulado durante casi treinta años. Con el auxilio de los vecinos, cargaron con los altares, cálices y ornamentos originales para instalarlos provisionalmente en el nuevo terreno. Fue allí donde, ante aquellas estructuras tempranas pero bendecidas por la herencia de los Navales, el vicario general del obispado de Málaga intervino con firmeza para darles la posesión formal y jurídica del recinto. Aquel esfuerzo continuado dio fruto y la iglesia grande era realidad en 1585, consagrada formalmente por sus reglas constitutivas y estatutos jurídicos al culto y amparo perpetuo de Nuestra Señora de la Merced.

Fray Bartolomé detalló la suntuosidad del templo definitivo: sus cuatro claustros de oración y las diecisiete celdas que albergaban a hombres de letras. Al detenerse en las capillas laterales, describió el altar de Santa Lucía, donde en una de sus ricas hornacinas se veneraba a Nuestra Señora del Buen Suceso, cuya hermosa e impactante imagen se sacaba en procesión por las calles de Ronda durante las solemnes fiestas del escapulario que cada mes de septiembre organizaba la orden.

Pero la crónica de Fray Bartolomé de Valencia cambia para evocar con sobrecogedor realismo los años dificiles de mediados de siglo, cuando la peste bubónica asoló Ronda entre 1649 y 1651. La plaga entró de forma implacable, diezmando el convento de San Francisco, donde en apenas cuatro meses fallecieron veintiséis religiosos. El pánico paralizó por completo la vida de la ciudad; el orden social se desmoronó por completo, suspendiéndose los tribunales y la justicia porque «no avía jueses» que pudieran ejercer sus cargos. El pavor al contagio provocó una huida generalizada, hasta el punto de que los médicos abandonaron sus puestos y Ronda quedó desamparada, “quedando la çiudad sola sin rremedio ninguno humano”.

Ante la extrema urgencia y el goteo incesante de infectados, las autoridades ordenaron levantar un hospital provisional de campaña a las afueras, un lazareto de confinamiento en una zona de campo abierto conocida entonces como la calle del Santo Cristo de las Penas, llamada así por albergar una pequeña ermita. La zona carecía de alineaciones urbanas; era tan solo un descampado perimetrado de prisa con empalizadas y barracones de madera para aislar el horror.

Tras las tablas de aquel confinamiento, la caridad mercedaria desafió a la muerte. El propio Fray Bartolomé de Valencia y su hermano de hábito, Fray Francisco de Herrera, entraron voluntariamente al foco de la peste para limpiar las pústulas de los enfermos, alimentar a los moribundos con el pan de la limosna y administrar los últimos sacramentos. A ellos se unió el religioso lego Fray Luis de Frías, cuya entrega rozó el martirio. El manuscrito recuerda que Fray Luis trabajaba en un desvelo sobrehumano, expuesto al aire corrompido, llevando él solo en sus brazos los pesados cadáveres de los apestados para darles sepultura en zanjas improvisadas. La mortandad era tan fulminante que un mozo que entró al lazareto para ayudarle cayó contagiado y «murió a su lado» en pocas horas, dejando al fraile mercedario en la más absoluta soledad entre las fosas.

El precio de esta piedad en Ronda fue altísimo: la plaga terminó invadiendo la botica de la propia Merced y contagió sus celdas. Para evitar contagios dentro de la comunidad y posibilitar un espacio de agonía piadosa a los monjes de la casa enfermos, la comunidad tuvo que transformar su bien más preciado: la gran estancia del altar mayor, aquel camarín barroco descrito en las crónicas como “el aposento privado o gran cuadro destinado al descanso de Nuestra Señora”  donde se colocaba la imagen cuando no estaba expuesta al público y que guardaba su ajuar, ese sagrado recinto fue convertido en enfermería de campaña improvisada y aislado del resto del convento, pasaron sus últimas horas los frailes contagiados, entregando su alma en la más absoluta intimidad.

Los cientos de víctimas de la epidemia fueron sepultados en grandes fosas comunes abiertas en el entorno de aquel descampado de la calle del Santo Cristo de las Penas. Aquel suelo, sembrado de luto, quedó consagrado para siempre. Tanto fue así que, apenas unos años después de que Fray Bartolomé redactara estas líneas, en 1664, la orden de los Trinitarios Descalzos fundó oficialmente su convento sobre la vieja ermita del lazareto. Los frailes absorbieron los terrenos del cementerio de la peste y construyeron los primeros muros estables y el compás del edificio, erigiendo una gran cruz de piedra para presidir las tumbas de las ánimas. Fueron estas primeras fachadas conventuales las que obligaron al antiguo camino de campo a alinearse de forma definitiva, consolidando en el callejero lo que la piedad popular rebautizó simplemente como la calle de la Cruz.

La llegada de esta nueva orden religiosa a la ciudad no estuvo exenta de los lógicos roces de la época. Al coincidir en los grandes entierros solemnes y procesiones oficiales en la Iglesia Mayor de Ronda, comenzaron a surgir «los disgustos» y pleitos de protocolo entre los conventos por ver quién ocupaba los asientos de mayor estatus. Para frenar aquellas agrias disputas, las autoridades impusieron un reparto físico estricto en el coro del templo principal: el lado derecho fue asignado a Santo Domingo con la Santísima Trinidad delante, mientras que el lado izquierdo quedó para San Francisco con la Merced al frente. Un mapa de precedencias que, aunque relegaba a los mercedarios al lugar inferior, garantizó la paz obligatoria entre las comunidades.

El destino de aquel suelo sagrado daría un vuelco radical en 1836. Los vientos de la Desamortización de Mendizábal expropiaron los bienes de la Iglesia, expulsando para siempre a los trinitarios descalzos y dejando el convento y el cementerio en el abandono. Fue a partir de este momento cuando el Estado empezó a parcelar y vender los terrenos a civiles, transformando la fisonomía del lugar.

Añadiremos, fuera del documento, que años después, en pleno ecuador del siglo XIX, un vecino de Ronda acudió a la ejecución de la testamentaría de su difunto padre, quien había adquirido una de aquellas parcelas desamortizadas y tenía en explotación una tahona. El negocio, levantado junto a los antiguos muros del camposanto, era conocido popularmente como el Horno de la Cruz.
El heredero, al tomar las riendas del establecimiento, se quejaba amargamente de su mala suerte en los protocolos notariales: la panadería se encontraba en un lugar muy alejado del verdadero centro neurálgico e institucional de Ronda, que aún se concentraba al otro lado del Tajo, en la Ciudad. Temía que el aislamiento extramuros lo condenara a la ruina.

No podía sospechar el nuevo propietario que la liberación de los terrenos conventuales provocaría la mayor expansión urbana en la historia de Ronda. La ciudad rompió sus viejas costuras y el Mercadillo avanzó de forma arrolladora sobre las huertas circundantes.
Aquel rincón apartado y hostil, que había nacido como lazareto de la peste bubónica en campo abierto, terminó transformándose.

Volviendo a Fray Bartolomé de Valencia,  suspiró en su celda de 1655, contemplando las firmas de los testigos de aquel milagro de resistencia contra la enfermedad. Limpió una lágrima, consciente de que los muros de la Merced, la hermandad de las Angustias y los archivos del Socorro guardarían para siempre la memoria de los frailes y cofrades que no temieron a la muerte.

Fijó la vista en el pergamino, trazó su rúbrica con pulso firme y selló la crónica que habría de cruzar los siglos:

«Y lo certifico en Ronda, a dos días del mes de septiembre de 1655 años. Fray Bartolomé de Valencia i Haro».

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