RAFAEL GUTIÉRREZ DEL ÁLAMO

Rafael Gutiérrez del Álamo y García nació en Montilla (Córdoba) el 2 de junio de 1888. Fue hijo de Patricio Gutiérrez del Álamo y García, abogado, e Isabel García del Álamo, ambos naturales de Montilla. Su nacimiento y filiación aparecen documentados en los libros parroquiales de la iglesia de Santiago de Montilla, donde fue bautizado pocos días después de nacer.
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, la familia inició un proceso de traslado progresivo hacia la provincia de Málaga. El primero en establecer vínculos profesionales fuera de Córdoba fue su padre cuya actividad jurídica comenzó a aparecer en registros profesionales y mercantiles de Málaga capital a partir de los primeros años del nuevo siglo. La expansión económica de Málaga, ofrecía oportunidades mucho más amplias que el entorno agrícola y tradicional de Montilla. Los anuarios del Colegio de Abogados de Málaga y distintas guías comerciales de la época documentan ya su presencia profesional en la ciudad entre 1905 y 1915.
Mientras su padre consolidaba la rama jurídica familiar en Málaga, Rafael orientó su vida hacia la medicina. En 1905, con diecisiete años, se trasladó a Granada para iniciar los estudios de Licenciatura en Medicina y Cirugía en la Universidad, centro de referencia para buena parte de Andalucía oriental. Cursó sus estudios entre 1905 y 1911 y destacó especialmente en anatomía y técnica quirúrgica, materias en las que obtuvo una sólida reputación académica. Tras licenciarse en 1911, realizó un periodo de perfeccionamiento profesional, antes de establecerse definitivamente en Ronda.
Su llegada a Ronda se produjo en un momento en que la ciudad necesitaba médicos con preparación moderna capaces de asumir responsabilidades hospitalarias, allí encontró en la Serranía el lugar donde desarrollar plenamente su vocación médica y humanitaria. Con el tiempo quedó vinculado al Hospital Municipal Real de Santa Bárbara, situado en la calle Armiñán, institución benéfica que durante siglos había constituido el principal centro sanitario para las clases populares de la comarca. Allí no solo ejerció como médico y cirujano, sino también como director del hospital.
Su labor en Santa Bárbara le proporcionó un enorme prestigio social. En una época de enormes limitaciones materiales y sanitarias, tuvo que gestionar los escasos recursos para atender con los que se contaba. Colaboró estrechamente con los Hermanos de San Juan de Dios y las Hermanas de la Caridad, encargados del cuidado cotidiano de los pacientes, e intentó modernizar los servicios médicos y quirúrgicos dentro de las posibilidades reales del hospital.
La Guerra Civil Española alteró profundamente su vida y la de la ciudad. Cuando estalló el conflicto en 1936 y Ronda quedó inicialmente en zona republicana, muchas instituciones tradicionales fueron intervenidas y buena parte de sus responsables apartados de sus cargos. Él fue oficialmente cesado como director del Hospital de Santa Bárbara, igual que ocurrió con otros muchos profesionales. Sin embargo, la situación sanitaria de la ciudad era crítica y apenas quedaban especialistas capaces de realizar intervenciones quirúrgicas complejas. A pesar de haber sido apartado formalmente, continuó operando y atendiendo enfermos sin percibir salario, movido por un fuerte sentido ético y profesional. La memoria local conservó durante décadas la imagen de aquel médico que permaneció junto a los enfermos en los momentos más difíciles, convirtiéndose prácticamente en el único cirujano disponible en la población.
Esta experiencia reforzó todavía más su prestigio humano. En los años posteriores, muchas familias rondeñas siguieron recordándolo no tanto por sus cargos institucionales como por su conducta durante aquellos meses dramáticos. Esa reputación de integridad y servicio fue la que más tarde facilitó su acceso a responsabilidades políticas y económicas.
En 1944 fue nombrado alcalde de Ronda, cargo que desempeñó hasta 1946. Su alcaldía estuvo marcada por una gestión orientada a reorganizar la vida municipal en un contexto todavía muy precario. Su paso por la alcaldía le abrió además las puertas de la política nacional. Entre 1946 y 1949 ejerció como Procurador en Cortes en representación de los municipios de la provincia de Málaga. Este cargo le permitió mantener una relación directa con Madrid y gestionar recursos tanto para el Ayuntamiento de Ronda como para las instituciones económicas de la comarca.
Lejos de significar una retirada de la vida pública, su salida de la alcaldía coincidió con el inicio de la etapa más influyente de su trayectoria institucional. En 1945 había accedido ya a la presidencia de la Caja de Ahorros de Ronda, entidad desde la cual ejercería una enorme influencia económica y social hasta finales de los años cincuenta. Bajo su presidencia la Caja vivió un importante proceso de expansión territorial y consolidación financiera.
Sin embargo, quienes lo conocieron insistieron siempre en que Don Rafael nunca dejó de pensar como médico. Su visión de la Caja estaba profundamente vinculada al concepto de obra social. Buena parte de los esfuerzos de la institución se dirigieron a proyectos asistenciales, ayudas sanitarias y becas, reflejando la sensibilidad adquirida durante décadas de contacto directo con la pobreza y la enfermedad en el Hospital de Santa Bárbara. Las publicaciones conmemorativas de la antigua Caja de Ronda, hoy integrada en Fundación Unicaja, lo recuerdan precisamente como un hombre más preocupado por el bienestar colectivo que por el beneficio económico.
En el plano personal, contrajo matrimonio con Catalina Cantos Guerrero. El matrimonio tuvo varios hijos: Piedad, Rafael, Pilar, M.ª Jesús, Clotilde, Kika, Ignacio, Angelita, Patricio y Vicente Gutiérrez del Álamo Cantos.
Su vida cotidiana transcurrió siempre con notable sobriedad. Aunque pertenecía a los círculos más influyentes de la ciudad, mantuvo una imagen de cercanía y sencillez. Las crónicas de la época y los testimonios posteriores lo describen como un hombre de trato caballeroso, profundamente religioso y muy comprometido con la vida social rondeña.
La familia sufrió un episodio trágico que dejó una profunda huella emocional. Su hijo pequeño, Patricio, falleció con tan solo nueve años de edad en un accidente ocurrido en la Plaza de Carmen Abela de Ronda. Según la memoria histórica local y las referencias conservadas en el entorno el niño salió precipitadamente de su domicilio y quedó atrapado bajo un coche de caballos.
El cochero no pudo evitar el atropello debido a lo repentino del suceso.
El accidente causó una enorme conmoción en la ciudad. El conductor del carruaje fue inicialmente detenido e ingresado en prisión, pero cuando la familia fue conocedora de que no había existido responsabilidad por parte del cochero, él intervino personalmente ante las autoridades para solicitar su puesta en libertad sin cargos. Este gesto fue recordado durante años como una muestra más del profundo sentido humano y cristiano de la familia.
La muerte del pequeño Patricio quedó reflejada además en el panteón familiar del Cementerio Municipal de San Lorenzo de Ronda, donde su lápida permanece como uno de los testimonios más dolorosos de la historia; los cronistas de Ronda recogieron este episodio como uno de los acontecimientos que más marco la vida del doctor.
Una dimensión fundamental de su vida pública y privada fue su intensa vinculación con la religiosidad popular rondeña y, especialmente, con la Hermandad de las Angustias de Ronda, oficialmente denominada Venerable Hermandad Trinitaria del Santísimo Cristo de los Remedios y Nuestra Señora de las Angustias desde la unificación de las dos agrupaciones. No fue un simple devoto, sino una figura decisiva en la recuperación de la vida cofrade de la ciudad tras la Guerra Civil.
Muchas hermandades rondeñas habían perdido imágenes, enseres y patrimonio artístico. Desde su posición facilitó recursos y apoyos para la reconstrucción de numerosas actividades religiosas y asistenciales ligadas a ellas. Su compromiso con la Hermandad de las Angustias quedó especialmente reflejado cuando asumió el cargo de Mayordomo, responsabilidad análoga al de hermano mayor en nuestros días, y por tanto se encargó directamente de la gestión económica, la custodia patrimonial y la estabilidad institucional de la hermandad en estos duros años.
Su mayordomía le vinculó estrechamente a la Iglesia de los Descalzos, sede canónica de la corporación, allí su presencia era constante, no solo durante los cultos y procesiones, sino también en la vida cotidiana de la capilla y del camarín de la Virgen. En años de enormes dificultades económicas, su prestigio personal servía de aval ante benefactores y familias acomodadas de la ciudad para garantizar la continuidad de los cultos y de la salida procesional del Viernes Santo.
La vinculación de la familia Gutiérrez del Álamo con la Hermandad Trinitaria permaneció viva incluso después del fallecimiento de Don Rafael. Durante muchos años, su viuda, mantuvo la tradición familiar enviando a la corporación nazarena un adorno floral que se colocaba en el altar para los cultos y posteriormente y, de forma cuidadosa por los priostes de la corporación, pasaba a los tronos procesionales de los sagrados titulares.
Aquel exorno floral, esperado y reconocido por los hermanos y devotos, se convirtió con el tiempo en un discreto, pero emotivo símbolo de fidelidad, memoria de la familia hacia la hermandad a la que este insigne señor había dedicado tantos años.
Falleció en su domicilio de Ronda el 26 de marzo de 1959, habiendo recibido los sacramentos. La noticia tuvo un enorme impacto en toda la Serranía. Su esquela apareció en la prensa provincial destacándolo como médico-cirujano y presidente del Consejo de Administración de la Caja de Ahorros de Ronda. En las necrológicas publicadas entonces se insistía en su “caballerosidad”, su “espíritu de servicio” y su “amor por su tierra de adopción”. El entierro constituyó una importante manifestación de duelo colectivo, con presencia de autoridades, representantes financieros, profesionales sanitarios y numerosos vecinos de Ronda.
Fue enterrado en el Cementerio Municipal de San Lorenzo de Ronda, en la zona histórica de los patios originales, donde aún se localiza el panteón familiar. Con el paso del tiempo, la ciudad mantuvo viva su memoria dedicándole una calle: la actual Calle Doctor Rafael Gutiérrez del Álamo. Pese a sus responsabilidades políticas y financieras, en la memoria popular de Ronda continuó siendo, ante todo, “el Doctor Gutiérrez del Álamo”, el médico que permaneció junto a su ciudad en los años más difíciles de su historia.