José María Castelló Madrid nació en Gerena el 3 de noviembre de 1891. Aunque el destino quiso que su nombre quedara unido para siempre a la ciudad de Ronda, donde desarrolló el legado humano y familiar por el que sería recordado, sus primeros días transcurrieron en aquella localidad sevillana en un siglo XIX que tocaba a su fin.
Su padre, José María Castelló y Carrasco, desempeñó una brillante carrera judicial lo que llevó a la familia a trasladarse a Ronda. Aquel cambio de residencia marcaría definitivamente la vida del joven José María, que crecería en un ambiente profundamente familiar y religioso.
Desde muy temprano mostró una inteligencia rigurosa y una inclinación natural hacia las leyes. Siguiendo los pasos de su padre, emprendió la carrera judicial en unos años convulsos para España, atravesando cambios políticos, tensiones sociales y transformaciones institucionales que pondrían a prueba a toda una generación de juristas.
Con el tiempo alcanzó uno de los máximos honores posibles dentro de la judicatura española: el acceso al Tribunal Supremo. Su nombre aparece repetidamente en disposiciones, nombramientos y sentencias conservadas en la antigua Gaceta de Madrid y posteriormente en el BOE, especialmente entre 1935 y 1960.
En 1945 ocupaba la Presidencia de la Sala Primera de lo Civil de la Audiencia de Madrid cuando fue designado presidente de la Comisión Provincial encargada de entender en las reclamaciones contra fondos improtegibles. Sin embargo, su carrera continuó ascendiendo. El Decreto de 21 de diciembre lo promovió a Magistrado del Tribunal Supremo, circunstancia que motivó su renuncia a la presidencia que ocupaba, la aceptación oficial de esa renuncia quedó recogida en la Orden de 24 de julio de 1946, publicada por el Ministerio correspondiente. El texto administrativo agradecía expresamente “los servicios prestados” por don José María Castelló Madrid, reconociendo así la importancia de su labor institucional.
Durante las décadas siguientes continuó consolidando su prestigio jurídico. En 1958 ya figuraba como presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo, una de las responsabilidades más elevadas dentro de la jurisdicción española. Su actividad le convirtió en una figura plenamente integrada en la alta magistratura.
Pese a la relevancia pública de su carrera, su vida personal permaneció discreta y austera. Toda su existencia pareció quedar absorbida por el estudio, la administración de justicia y la responsabilidad institucional.
El 2 de marzo de 1966 murió en Madrid. Su desaparición provocó inmediatamente los trámites administrativos derivados de la vacante dejada en el Tribunal Supremo, el rastro documental de aquel momento puede seguirse en el BOE del 20 de mayo de 1966, donde se publicaron tanto las disposiciones relativas a la provisión de la plaza vacante de la Sala Tercera como las referencias oficiales a su fallecimiento; además recoge un último reconocimiento, dentro del plazo habitual para este tipo de distinciones honoríficas, se le concedió a título póstumo la Gran Cruz de Isabel la Católica. El decreto especificaba expresamente que la distinción se otorgaba en calidad de Magistrado del Tribunal Supremo dentro de las atribuciones del ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella. Esta condecoración cerraba simbólicamente una vida dedicada por completo a la magistratura.
Su relación con Ronda, sin embargo, no se explica solo por su carrera judicial. Aunque sevillano de nacimiento y magistrado con sede en Madrid, mantuvo una presencia constante en Andalucía y una vinculación emocional profunda con la ciudad del Tajo. Su devoción por la Virgen de la Paz fue el verdadero motor de su arraigo. Fue uno de los impulsores de la Coronación Canónica de la imagen en 1947. Como gesto de entrega absoluta, regaló a la patrona su bastón de mando de Magistrado, una pieza de oro y brillantes que simbolizaba su máxima distinción profesional y que desde entonces acompaña a la imagen en sus procesiones.
Como nueva muestra de su carácter excepcional, dejó un legado que permanece vivo hasta nuestros días a través de la Fundación Virgen de la Paz, formalizada ante notario e inscrita en el registro correspondiente en 1966. En cumplimiento de su voluntad testamentaria, donde dispuso que su patrimonio personal se destinara a sufragar los estudios de jóvenes de Ronda y de Gerena, convirtiendo así a los estudiantes en sus verdaderos herederos intelectuales.