EL MILAGRO DEL CRISTO DE LOS REMEDIOS

Dum Sacrum pignus legitur revelatum, laeti fideles roborantur...

Mientras recito en voz baja estos viejos versos en latín que abren nuestra crónica conventual, no puedo evitar que una profunda emoción me embargue.
“Al contacto de la Cruz los muertos se levantan y resplandecen las moradas de Dios”
Así lo dictan las sagradas letras y así, hermanos míos, lo ha vivido esta venerable Hermandad.  Porque de la misma manera que el Altísimo manifestó su poder en el Antiguo Testamento a través de la vara de Moisés, en nuestra querida Ronda ha querido servirse de la portentosa imagen de nuestro Cristo de los Remedios para obrar prodigios en beneficio de los hombres.

 

 

 Y dejen que este anciano fraile descalzo les refresque la memoria, ahora que la antigua comunidad
ya no puede hacerlo, para que entiendan por qué este rincón de Andalucía le debe tanto a su mirada.

Mi memoria se remonta a los días en que la Santa Comunidad dispuso el traslado del Señor desde
el convento antiguo hacia nuestra nueva casa.
 ¡Ah, qué misterio el de aquella jornada!

Por más que los frailes más robustos unieron sus fuerzas, la imagen se volvió pesada como el plomo y ni un solo palmo lograron que avanzara.

 

El desaliento empezaba cundir entre los presentes, hasta que comprendimos el divino mensaje: “el Señor no quería ser llevado por la fuerza bruta, sino venir elevado en las sagradas manos de nuestro Prelado”.
En el momento en que el pastor tomó la imagen, el Cristo se volvió liviano como una pluma.

 

 

 

En el momento en que el pastor tomó la imagen, el Cristo se volvió liviano como una pluma.

 

Y Dios baja
Este Dios cercano, que en su silencio instruye, clama con verdad eterna que solo los humildes son su compañía amada, por quienes se entregó y a quienes permanecerá entregado para siempre.

 

 

Así, en una procesión que conmovió los corazones, el Señor entró en el templo entre cánticos y lágrimas, mientras el aire se llenaba de incienso y esperanza.
Las campanas resonaban como un eco del alma y los fieles, con el rostro iluminado por la fe, sintieron que algo eterno se revelaba ante ellos.
El Cristo avanzaba con majestad serena, y cada paso parecía marcar el pulso de una promesa cumplida. En aquel instante, el silencio se volvió oración, y la emoción profunda, contenida, sagrada, envolvió la piedra y la luz. El Señor manifestó su voluntad de recibir aquí culto permanente.

 

Durante muchos años, la imagen presidió nuestra vida comunitaria desde lo alto del refectorio,
colgada de dos sencillas estacas de madera.
Desde allí nos contemplaba cuando la tragedia azotó Andalucía.
El “vómito negro”, aquella terrible fiebre amarilla, hacía estragos en las poblaciones vecinas,
cebándose con especial crueldad en la ciudad de Málaga.

Ronda, asustada, se encomendó a su Protector y lo sacamos en procesión pública. Hermanos, fue mano de santo: la epidemia se frenó en seco en nuestra ciudad, regalándonos una completa salud sin que se repitiese un solo caso.

Fue tal la oleada de gratitud que los devotos pidieron levantarle una capilla en los claustros, logrando que se relajara la clausura para que tanto hombres como mujeres pudiesen entrar libremente mostrar su fe y devoción ante Él.

 

Pero el Señor nos tenía guardado otro asombro en los días previos a la invasión francesa,
de la que, por su gracia, nos libró de padecer males mayores.
Al levantar la imagen de su antiguo sitio en el refectorio para llevarla a la nueva capilla,
las viejas estacas que la habían sostenido durante décadas cayeron al suelo convertidas i
nstantáneamente en polvo y fragmentos.
Todos los presentes nos quedamos mudos de la sorpresa. Era una acción contraria a toda lógica
de la naturaleza, ¿cómo podía una madera rendirse y deshacerse no cuando soportaba el gran
peso del crucificado, sino precisamente al aliviarle de él?

¿Y quién de los presentes podría olvidar lo ocurrido el día de nuestro patriarca San José, en el año 1832?
La iglesia estaba llena a rebosar en mitad del día, celebrando la solemne función. El Cristo se hallaba en
el altar mayor y, a sus pies, la Virgen Dolorosa lucía ricamente ataviada con sus joyas y mantos.

De repente, el terror, ¡el altar comenzó a arder! El fuego, voraz, devoró el dosel en las alturas y consumió por completo el adorno de nuestra Madre. El pánico se apoderó de los fieles mientras intentábamos sofocar el incendio.

Cuando el humo por fin se disipó, el Señor había quedado completamente ileso entre las llamas.
Solo sus piernas aparecían un tanto ennegrecidas. Era la señal viva de haber estado en medio
del fuego sin quemarse.

Pero aquí no terminan los prodigios concedidos por su santa mano. Apenas dos años después,
en 1834, la guadaña del cólera-morbo comenzó a hacer estragos en nuestra provincia.
El miedo se respiraba en el aire. Confiando una vez más en nuestro cristo, organizamos
una procesión de penitencia en una de aquellas noches tristes y oscuras.

Justo en el instante en que el Señor avanzaba por la ciudad, ocurrió algo inexplicable y sorprendente, un majestuoso globo luminoso atravesó la atmósfera por encima, viajando de oriente a poniente. Durante unos segundos benditos, aquella luz celestial iluminó los rostros asombrados del vecindario.

 

Los hombres de ciencia buscarán explicaciones naturales a aquel fenómeno, pero la realidad
de los hechos habla por sí sola: mientras el cólera era furioso y devastador en los pueblecitos
más cercanos, en Ronda su impacto fue sumamente benigno.

Por todo esto, cofrades y hermanos míos, es digno y justo que nos reunamos con fe viva,
esperanza firme y caridad ardiente alrededor de nuestro Redentor.

Ahora que la comunidad de frailes descalzos flaquea por el paso del tiempo, nos toca a nosotros,
los hijos , los más favorecidos por sus milagros, tributarle el mayor culto y devoción posibles.

Escuchad su voz, que hoy resuena con la misma fuerza en el silencio del mismo templo:
“Venid a mí todos los que trabajáis y estáis fatigados, y yo os daré descanso y consuelo”.
Hagámoslo así, para que mañana, al final de nuestros días, sea Él quien nos reciba diciendo:
«Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que para vosotros está preparado desde el principio del mundo».  

Amén.

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